Los ricos exiliados en Madrid

Desde el centro del centro de la plaza de Colón en Madrid, corazón de las Españas, que no son en plural sino en estricto singular, emitimos con la lógica preocupación de quien asiste a un éxodo. Cientos de familias acogidas en esta ciudad hospitalaria, que han hecho buena la teoría económica del goteo, es decir, a mayor enriquecimiento de los de arriba, mayor enriquecimiento de los de abajo, porque el oro se hace líquido y rezuma hacia la cloaca cuando rebosa desde ese cielo donde jamás se acumulan las riquezas para comprar extravagantes collares a perros chihuahuas a los que aspiramos desharrapadas niñas que, de mayores, queremos lucir el cutis satinado del filtro de Instagram; familias que aquí, donde todo era posible y no existían clases sociales —lo dice la presidenta—, instalaban empresas que tributaban poco, llenaban nuestros comercios dedicados al artículo de lujo y copaban los áticos de los barrios selectos, así como las urbanizaciones mejor blindadas contra esos pobres y pobras por los que tanto se interesó el buen Enrique Ossorio: “¿Dónde están esos pobres que yo los vea?”; esas familias de rectos empresarios, cuidadores del bien común, que nunca se lucran especulando con mascarillas o escobillas del váter, hoy, arrancan sus vehículos de alta gama, conducidos por choferesas albinas y conductores nubios, y se marchan hacia otros lugares donde su sudor no se castigue con impuestos. Cientos de familias y corporaciones, escandalizadas por la falta de consideración del erario, hacen las maletas —Gucci, Samsonite— y marchan hacia destinos más tolerantes con beneficios empresariales que repercuten en la buena marcha de los astilleros constructores de yates de lujo.

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