Una marca de leche muy popular cambia el diseño de los tapones de sus cartones. Los compradores no entendemos el nuevo mecanismo y arrancamos de cuajo los tapones al desenroscarlos por el método anterior. Siete u ocho cartones he destrozado antes de hacerlo bien. Al parecer, somos muchos los ciudadanos que armamos una buena en la cocina al hacernos el café del desayuno, con las legañas a medio despegar. Como la gente es muy enfadona, corre a las redes sociales para acordarse de las madres de quienes diseñaron el nuevo tapón (qué culpa tendrán, las pobres). Se hincha el globo de la polémica hasta casi reventar, y la empresa lechera reacciona como cualquier Gobierno ante situaciones parecidas: lanza un anuncio en el que explica cómo abrir el tapón, con condescendencia paternalista y mensaje ecológico, pues el nuevo mecanismo se ha pensado para reciclar mejor el envase. Moraleja: si no lo abres bien, no solo eres torpe, sino mala persona, un amoral despreocupado por el medio ambiente. Mereces que se te derrame la leche y quedarte como uno de esos cuadros atacados por activistas.
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