Sara, nombre ficticio, tiene 26 años y en el último año y medio ha decidido abortar dos veces. Prefiere no saber nada de lo que están diciendo en la televisión. Lo de que en su tierra, Castilla y León, el Gobierno autonómico plantea ofrecerle a las mujeres embarazadas que no quieren ser madres ecografías en 4D y que escuchen el latido fetal, para que lo piensen mejor. Inevitablemente, se ha enterado, porque no se habla de otra cosa en su ciudad, Valladolid. Y todo se ha vuelto a remover por dentro. Mientras la discusión de micrófonos, despachos y partidos que lideran hombres —algunos que reconocen públicamente “no saber nada de embarazos”— sobre si es buena o mala idea llevar a cabo algo así, Sara se pregunta si alguno de ellos ha escuchado un segundo a una mujer que lo haya hecho. Si saben algo de esa nube negra que empaña todo cuando se debe tomar una decisión que ya está tomada, porque no tienes trabajo, ni dinero, ni casa, ni ahorros. De soledad, de miedo, de ansiedad o del dolor que produce que hurguen en tu útero. Si alguien va a dejar de decidir por mujeres como ella en algún momento.
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