Sabiendo que aquella era la última, el preso Ramón Rodríguez Arias escribió en 1940 una carta a su familia con dos peticiones: que llevaran “la cabeza alta” y flores a su tumba. Tenía 27 años, era labrador y militante de la CNT. No podía saber que ocho décadas después, un grupo de antropólogos abriría la fosa que compartía en Manzanares (Ciudad Real) con otros 12 hombres, pero en esa misiva había dejado también una pista para los cartógrafos del futuro, el equipo Mapas de memoria de la UNED: “El progreso no ha acabado. La humanidad me hará justicia. Podrán sacarme de la tierra. Hay muchos encima de mí, pero me conocerán por la medalla que llevo en el bolsillo”. Él mismo la había grabado a mano con el mensaje: “Muero por la libertad. Ramón R.A.”
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