Moderados, pero de boquilla

He estado a punto de llamar a Víctor Díaz-Cardiel, el sindicalista que, esposado en el suelo por la Brigada Político Social de Franco, miraba el carrito de su hijo recién nacido y se juraba que, le hiciesen lo que le hiciesen en los sótanos de la Puerta del Sol, no traicionaría a sus compañeros del PCE y de Comisiones Obreras; o a Gonzalo Sánchez, alias El Bizco Patota, el jornalero de Lebrija al que su madre ocultó durante 40 años que seguía conservando en el bolso el lazo con el que los fascistas le hicieron un moño después de raparla y pasearla por el pueblo; o a Mariano Gamo, el cura que renunció a una brillante carrera eclesiástica para quedarse junto a los obreros de los barrios de Madrid. He estado, en fin, por llamar a todos aquellos y aquellas —hombres y mujeres valientes— que, hace algunos años, a mi amigo Antonio Jiménez Barca y a mí nos explicaron de una forma sencilla, sin darse ninguna importancia, cómo fue la dictadura, de qué manera se enfrentaron a esa fábrica de miedo que no dejó de funcionar hasta el último día.

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