“Es el mayor ridículo de la historia”, sentencia una señora mientras cruza las vías de tren en Cabezón de la Sal (Cantabria, 8.300 habitantes). “Un desastre”, coincide un vecino, también rumbo al trabajo. “¡Es un chiste!”, espeta otra mujer que espera la llegada del Cercanías. Se refieren todos al fiasco de los 31 nuevos trenes que Renfe encargó hace tres años para circular por la red de Cantabria y Asturias y que no han podido fabricarse porque, en la fase de diseño, se detectó que no iban a caber por los túneles. La consecuencia inmediata del escándalo, que se saldó el pasado febrero con la dimisión del presidente de Renfe y de la secretaria de Estado de Transportes, es que tendrán que seguir circulando por estas vías los trenes viejos, al menos hasta 2026. Como compensación, serán gratuitos hasta entonces. Una situación que hastía a veteranos como Florencio Pérez, de 91 años, sentado un lunes en el banco de siempre con los amigos. “Dependemos del Gobierno central para cualquier cosuca”, sostiene, como resumen personal de la legislatura en Cantabria.
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