Su propio olor la perseguía. Se duchaba cada día, pero volvía a ponerse la misma ropa sudada. Durante 16 días no tuvo champú para lavarse el pelo, ni cepillo de dientes. Durante su encierro, le vino la regla y superó cuatro días sangrando con solo dos compresas, más de dos semanas con la misma ropa interior. Esta mujer y sus dos hijos durmieron una semana en el suelo y otros 10 días en una única cama, los tres apretados. Sin teléfono móvil. “Estar allí fue terrible. No vimos ni el sol ni la noche”, recuerda Andrea Martínez, una colombiana de 27 años. Martínez y sus dos hijos, de tres y ocho años, son tres de las cientos de personas que en las últimas semanas han pedido asilo en el aeropuerto de Madrid-Barajas y que han acabado hacinadas hasta un mes esperando que se admitiese a trámite o no solicitud, una muestra más del colapso al que se asoma el sistema de asilo español. Su nombre es falso. “No quiero que mi testimonio perjudique mi proceso”, pide.
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