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Votación televisada de la amnistía en el Congreso a la hora de las etapas llanas del Tour, o sea entre bostezos del público y locutores emocionados. La noticia abre radios, televisiones y diarios, pero se ha hecho popular entre los defensores de la amnistía que apenas preocupa a los españoles (solo el 0,6% lo considera el primer problema, por tanto les da igual: a quién le importa el segundo, tercero o sexto problema) y que su aprobación no va a cambiarle la vida a nadie, más o menos como el asesinato de los marqueses de Urquijo, que al día siguiente estaba España a lo suyo: es increíble la cantidad de cosas que pueden pasar en el mundo sin que cambie el precio del pan. Junts, gran beneficiario de la amnistía a cambio de hacer presidente a Sánchez, avisa de que quiere más. Claro. Faltan 20 minutos para la votación y Junts no aclara su voto: han rechazado sus enmiendas, fabrican ahora un suspense interesante. Veinte minutos después, algo más que ocho segundos, Junts vota en contra de la amnistía que reclamó porque no es suficiente, y de qué manera podría serlo. Esquerra Republicana da en el clavo, pero para sacarlo: ha pedido a Junts que vote a favor de la amnistía “sin caer en la trampa de ir modificándola por intereses espurios”. ¿Qué trampa? La trampa sería que la amnistía se hubiese negociado por intereses no espurios. Hace bien Junts en apretar. Hace bien el PSOE en molestarse, con el precio que ha pagado (¿qué precio ha pagado?). Hace bien Esquerra en pedir a Junts que no desaproveche “la oportunidad”, si bien hubiera quedado mejor “rebajas”. De fondo, una lección callejera: cuando haces algo que no quieres hacer para beneficiar a un tercero, el tercero siempre pedirá más; si ya prometiste que no lo ibas a hacer y lo hiciste, ¿qué te impide profundizar?

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