Infantilismo político

Jugar a la política en vez de hacer política. La sobreactuación permanente como forma de distinción, la intransigencia como prueba de radicalidad y determinación, la frivolidad de alargar una situación con una posición ganada aun a riesgo de perder lo adquirido, aparentando dureza para disimular las propias debilidades. Esta es la fórmula que distingue al infantilismo político. Y abunda más de lo que parece. Junts, que lleva ya tiempo transitando por esta regresión, alcanzó un punto que puede ser de no retorno el pasado martes, votando no a la amnistía. Demostró que es incapaz de entender que todo, incluso las operaciones más atrevidas, tiene un límite y que cruzarlo casi nunca tiene premio. Y así optó por un gesto solo explicable si se vive fuera de la realidad, que es lo que le ocurre a Junts: hace tiempo que un sector de la coalición se niega a reconocer dónde estamos. Entregados incondicionalmente a las exigencias de Puigdemont, atrapados por la ficción construida sobre sí mismo, están perdiendo la noción de las cosas. La realidad de este país hay que buscarla en Cataluña, no en Waterloo, y el reducido entorno que jalea al presidente héroe, que queda lejos del palpitar diario de la vida cotidiana después de la larga resaca de 2017.

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