La única ruta en condiciones que cruza de Malí a Mauritania se llama la Carretera de la Esperanza, un pomposo nombre para una lengua de asfalto que atraviesa miles de kilómetros de dunas y pedregales. A lomos de ella llegó Dahabass Soumaré, de 19 años, hasta la remota Nuadibú. “Por fin”, pensó, “solo queda un salto hacia Europa. Si todo el mundo quiere ir allí, será porque habrá algo bueno”. Pero la ciudad que debía ser su trampolín a Canarias resultó ser una trampa y este joven agricultor sin estudios de la región de Kayes quedó atrapado en ella. Sin dinero, sin trabajo, sin poder avanzar ni retroceder. Hoy malvive con otros 11 chicos como él en tres humildes habitaciones a las que llaman hogar, donde el único mobiliario son colchones compartidos tirados en el suelo.
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