La parcelación de la verdad

“La distopía en la que hemos entrado no es ni 1984, de Orwell, ni Un mundo feliz, de Huxley, sino 1984 escrito por Aldous Huxley”, apunta David Rieff. No se impone una verdad (falsa, naturalmente), sino que la verdad se parcela y cada uno elige lo que le da más gusto. En la mayoría de los debates que fingimos tener la combinación de ignorancia y sectarismo es menos sorprendente que la urgencia sobrevenida. El presidente del Gobierno decreta una emergencia sobre los bulos, aunque él sea uno de sus principales expendedores. Las falsedades sobre su familia circulaban hacía tiempo; paradójicamente, la indignación la desatan informaciones no desmentidas. Siempre hay quien ve un gesto valioso: el que manda ha abierto un debate importante, que para eso manda. Algo hay que hacer, dicen, y se proponen regulaciones que ya existen o se pide endurecer una regulación que hace poco debíamos eliminar por anacrónica. Este tema es particularmente atractivo para los periodistas y los estetas, por su carácter autorreferencial: la desinformación sobre la desinformación. Pero hay muchos más casos ―en España se enciende intermitentemente la alarma por la pobreza infantil, mientras las cifras permanecen más o menos iguales―, en todo el espectro ideológico y no solo en nuestro país.

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