El paraguas es, probablemente, el objeto más denostado de nuestro entorno. Inútil durante la mayor parte de los días del año, permanece ahí entre tirado, escondido y apartado. Hay gente incluso que afirma sin rubor que basta con que salga a la calle en un día nublado con el paraguas en la mano para que indefectiblemente no rompa a llover y se pase la jornada cargando ese adminículo inútil como un extraviado británico. Pues bien, todo esto es cierto y, sin embargo, nunca conviene despreciar un paraguas, sencillamente porque, tarde o temprano, te rescatará de un mal momento. Los malos momentos no se esperan, no se anhelan, no se fantasea con ellos. Llegan y te arrasan. El paraguas es la consagración de la callada prudencia, de la inteligencia intuitiva, esa que un día, tarde o temprano, se carcajea de lo estúpido que es cualquier algoritmo predictivo.
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