La pequeña N. apenas ha cumplido los 10 días, pero ya sabe que prefiere unos mullidos brazos antes que una cuna. “Nos la vamos pasando durante todo el día”, ríe con ella en brazos Sara Ortega, la directora del dispositivo para migrantes no acompañadas Arcoíris, gestionado por la Fundación Samu, en la localidad grancanaria de Firgas (centro de la isla, 7.669 habitantes). N. es la alegría del centro. Sin embargo, su historia, como casi todas las de este recinto, está salpicada de violencia y maltrato. Su madre es L., guineana de 17 años llegada en cayuco hace poco más de dos meses a Gran Canaria. Ahora mismo duerme tras una noche en vela entre toma y toma. L. fue violada por su marido, con quien fue obligada a casarse. “Huyó en avanzado estado de gestación”, desgrana Ortega. “Tenía miedo a dar a luz a una niña en su país”.
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