Ni el influencer más sabueso puede adivinar cuándo volverán los pantalones de campana ni el cronista con más horas de vuelo podía vaticinar que el “humanismo cristiano” iba a volver a la política española. Algunos lo hemos vivido como el terremoto de San Francisco, pero todo el mundo podría, como mínimo, haber tirado el café. Porque uno piensa en política española y humanismo cristiano y su imaginación vuela de inmediato a una escena: un señor de la derecha elegíaca, quizá Jaime Mayor Oreja, en algún acto convocado en Madrid para deplorar —no diré que sin razón— la marcha del mundo. Esta vez, sin embargo, no fue así. Mientras Carles Puigdemont entraba y salía por la muga, el nuevo presidente de la Generalitat, Salvador Illa, afirmaba en su investidura que iba a aportar a su Gobierno una visión basada en el humanismo cristiano. Fue como para agarrarse a la botella de Aromas de Montserrat. Y no contento con esta primera andanada, Illa, más pertinaz que la sequía, ha peregrinado estos días justamente a Montserrat y ha convocado a su Gobierno a un retiro político en Poblet.
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