En la clase del colegio Jaume I de Catarroja hay 50 niños, casi todos de 10 años. El profesor levanta la mano y dice: “Ahora hablaremos de los movimientos involuntarios, como el latido del corazón”. Los chavales más cercanos a la pizarra están escuchando. Cuanto más alejadas están las filas, sin embargo, más despistados parecen. “Hay cuatro que están atentos. Los demás van hablando, flojito, pero no se enteran. Yo doy aquí clase de lengua y es superfrustrante”, comenta la directora Silvia Ferriol. Más de mes y medio después de la dana, todos los niños de los pueblos afectados por la dana han vuelto a la escuela ―aunque faltan los de varios institutos―. Pero se trata de un regreso con muchos elementos extraños.
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