“España ha sido siempre un territorio que ha acogido a mucha población procedente de otros lugares y ha tenido la capacidad de integrarla en nuestro modelo democrático de sociedad y en la españolidad”. España es eterna e intrínsecamente democrática: desde antes de don Pelayo y de Numancia, desde antes de los pogromos de Barcelona y Sevilla o la expulsión de los moriscos, desde antes de los honderos baleares y la sima de los huesos de Atapuerca. Siempre acogió a gente que llegaba de otros sitios, no como los españoles de verdad, que brotamos bajo las encinas tras una noche de lluvia. La integración en la españolidad —sea lo que signifique eso— mitiga el salvajismo de los recién llegados. En ese proceso es esencial hablar español. Para que se entienda: sin castellano, no hay papeles.
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