Uno ya no sabe, y por eso quiere saber. No sabe qué será lo que venga después de todas las distopías y empieza a preguntarse con qué artilugio plantaremos cara al futuro, si las pilas y los transistores han discutido la hegemonía de la inteligencia artificial. Nunca habíamos avanzado tanto como en esta época en que nuestros datos y nuestras cuentas y nuestras conversaciones y nuestros recuerdos y hasta nuestra identidad se guardan en un teléfono que puede quedarse sin energía y sin conexión, igual que nuestras casas. Nunca nuestra fragilidad había quedado tan a la vista, en plena oscuridad.
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