España es el país de Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como. Por supuesto, no hay que caer en la trampa narcisista de la excepcionalidad. Hay muchos otros ejemplos ilustres, como el ruso Leonid Rózogov, que se operó a sí mismo de apendicitis en la Antártida, o la mexicana Inés Ramírez, que se practicó una cesárea. Es menos dramático el caso de Glenn Hoddle, al que se podía ver entrenando y jugando en el Chelsea en los años noventa, y el pintor José Luis Cano, que escribió un tratado memorable sobre el esquizoide carácter aragonés. Pero en nuestro tiempo, la variante de moda es político-legal y ahí España ofrece ejemplos destacados. Esta legislatura está marcada por un acuerdo de impunidad a cambio de votos, una transacción que es una especie de matrioska de corrupciones: la ley de amnistía. Los votos de los beneficiarios de la medida han sido fundamentales para su aprobación, y la obscena crudeza de ese pacto siempre ha proyectado la sombra de la autoamnistía, como apunta la Comisión Europea.
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