Tenía tres años cuando vi arder el monte desde la casa de mi abuela por primera vez. Recuerdo a mi padre salir con mi abuelo y mis tío a trazar surcos a ambos lados de la carretera con el tractor, mientras otros vecinos iban detrás llenándolos de agua. La cadena de tractores era un ciempiés en la oscuridad, con rojo de fondo. Recuerdo a mi abuela sacando agua de los pozos y llenando cubos, bidones y palanganas con la vecina y sus hijos para echarla sobre la vegetación. La idea era pararle las piernas al fuego o, al menos, frenar su propagación dejando sólo tierra mojada. El protocolo de alerta comunitaria eran las campanas de la iglesia. La llave estaba a 400 metros del campanario, en nuestra cocina. No había satélite, internet o WhatsApp.
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