Durante un tiempo, la enfermera Kehinde Oluwatobi Akeju Akeju, de 25 años, tuvo miedo de pisar la calle. Un perfil anónimo había irrumpido en su Instagram a base de insultos racistas. La agresividad crecía. Y lo peor era no saber quién estaba detrás: podría ser un desconocido en otra provincia, un compañero de trabajo o el vecino de al lado. Un agresor virtual que podía cruzar la pantalla y aparecer en la vida real en cualquier momento. Sufría ataques de pánico.
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