Si hiciéramos una encuesta sobre las expectativas de los españoles para este nuevo curso político, lo más probable es que la inmensa mayoría contestara que “más de lo mismo”. Dudo que haya alguien que tenga la esperanza de grandes cambios en la dinámica política que nos viene acompañando desde hace ya algunos lustros. O sea, que en vez de avanzar repetiremos curso, volveremos a enzarzarnos en nuestras estomagantes peleas cotidianas. De poco habrá servido la llamada de atención sobre la crisis de los incendios, que no hizo sino ratificar cómo ante los grandes problemas nuestra política parece hacerse cada vez más pequeña. Entre otras razones, porque la polarización ha hecho casi irrelevante ese instrumento imprescindible para el buen funcionamiento de una democracia como es la rendición de cuentas. Cuanto más identitaria deviene la adscripción a los partidos, tanto menor es también la capacidad para analizar críticamente la responsabilidad de cada partido en cada decisión que adopten. Los impulsos primarios acaban arrinconando a la argumentación, con el corolario de que eso que llamamos “vida política” se acaba reduciendo a algo puramente superestructural y teatralizado, se independiza de lo que debería ser el “para qué” de la política, la búsqueda conjunta de soluciones a problemas colectivos.
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