El partido nacionalpopulista Aliança Catalana se situó en la vanguardia del independentismo la víspera de la celebración de la Diada. En plena era de la revancha, sincronizado con nuestro momento de brutalización y con las otras fuerzas soberanistas catalanas en shock ideológico y discutiendo en las Cortes, el ya profesionalizado movimiento que protagoniza Sílvia Orriols consiguió lo que pretendía: un exitoso acto de propaganda para viralizar en las redes y reafirmar la normalización de su discurso atávico y racista. Ha sido un cambio acelerado. Allí donde el año pasado un grupo reducido de activistas del partido fue increpado y agredido por militantes de la izquierda radical independentista, como si se estuviese interpretando una escena de La vida de Brian, la tarde de este 10 de septiembre, después de un año de actuación de la alcaldesa de Ripoll en el Parlament y blindados por los Mossos para evitar incidentes, la variante catalana del trumpismo se puso oficialmente de largo. Ni el mejor publicista podría haber localizado un escenario más adecuado para realizar esa performance: el antiguo cementerio del Fossar de les Moreres.
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