Primero creímos que internet serviría para bajar de su torre de cristal a los poderosos. Durante unos breves momentos parecieron escuchar. Fue fascinante, por ejemplo, ver a Alex de la Iglesia cambiar de opinión sobre la ley Sinde hasta el punto de dimitir como presidente de la Academia por coherencia interna: el diálogo público en Twitter le había transformado. “Esta gente me dio una lección. Es cómodo hablar con los que te siguen la corriente: te reafirmas en tus ideas, te sientes parte de un grupo, protegido, frente al resto de locos que se equivocan. Por vez primera, aprendí que dialogar con personas que te llevan la contraria es mucho más interesante. Puede resultar incómodo al principio, sobre todo si eres soberbio, como yo. Pero cuando aprendes a encajar, la cosa fluye, y las ideas entran. En este país cambiar de opinión es el mayor de los pecados”, escribió en 2011.
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