Ábalos y el padre Paulino

José Luis Ábalos llegaba el 27 de noviembre al Tribunal Supremo, de donde saldría rumbo a la prisión de Soto del Real.

“Con una copa de vino en la mano / una guitarra y un cariño de mujer / nos encontramos como un soberano / y regalamos simpatía y querer”. No falla, oye: cada vez que veo la jeta de José Luis Ábalos en las noticias, en vez de tambores de adelanto electoral o moción de censura, me asaltan los ripios del pasodoble El vino y las mujeres del gran Manolo Escobar, y viva España. Que no puedo evitar cierta simpatía por ese pobre diablo que ha dado con sus huesos en el trullo por su avaricia y su lujuria, vamos. A ver, no quito ni un gramo de hierro a sus fechorías. ¿Que es un putero que hablaba de mujeres como de ganado? Sí. ¿Que trincaba, presuntamente, pasta a espuertas desde el mismísimo corazón del Gobierno? También. ¿Que no era el más listo ni el menos bobo del trío de las chistorras? Eso ya son elucubraciones mías. Pero sobre todo eso se pronunciará la justicia humana y, según clamó él mismo en el Congreso, ya solo le falta pasar por la divina para culminar su particular calvario victimista. Así que me quedo mucho más tranquila sabiendo que, desde que duerme en la trena, ya hay un hombre de Dios trabajando en ello. Bendito sea.

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