Con la convocatoria de elecciones en Aragón, el PP ha vuelto a demostrar que su relación con Vox no responde a un patrón ideológico uniforme, sino a una aritmética de poder que cambia según la comunidad autónoma. Lo que en Valencia fue asumido como un peaje inevitable para gobernar, en Aragón se ha presentado como una línea roja inasumible. La diferencia no está tanto en el contenido de las exigencias de Vox como en la posición de fuerza desde la que negocia el PP.
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