
La democracia es (o ha sido) un mecanismo que procesa institucionalmente el descontento de la ciudadanía con el Gobierno de turno. Sea el descontento justo o no, sea razonable o no, la persona decepcionada con el Gobierno puede utilizar su voto para cambiar las caras del poder. En esta visión tan descarnada del sistema, no es preciso suponer cálculos sofisticados por parte de los ciudadanos. En La conjura de los necios, Irene Reilly, la sufrida madre de Ignatius, elegía entre los candidatos presidenciales en función del cariño que demostraban hacia sus mamás. La buena señora pensaba que un mal hijo no podía ser un buen presidente. La alternancia en el poder, valor esencial de la democracia, se consigue tanto con votantes que juzgan sesudamente los logros y fracasos del Gobierno como con votantes viscerales como la madre de Ignatius.
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