Este verano de fuego me tiene conmocionado. Imagino que como a cualquier otro. Ver cómo en pocos días pueden arder bosques enteros que han tardado siglos o décadas en desarrollarse no puede dejarnos indiferentes. Ocurre, sin embargo, que solo nos ocupamos de ello durante las semanas de la temporada de incendios; luego pasamos ya a otra cosa. La actualidad manda. Con todo, la novedad de este año ha sido el giro cuasi-apocalíptico del fenómeno. No solo por la cantidad de superficie quemada, también por su extensión a países que hasta ahora apenas se veían afectados por ellos. Hay quien dice que hemos entrado ya en el Piroceno, la edad del fuego, una deriva colateral del calentamiento global. La parte mala de este enfoque es que podemos acabar abrumados por el fatalismo, por la convicción de que igual hemos de renunciar a tener los bosques a los que estábamos acostumbrados, que en países como el nuestro son un lujo que no nos podemos permitir.
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