Cada vez que veo, escucho o leo a la actriz Elisa Mouliaá hablar desde pantallas, radios o redes, me debato entre dos prontos. El de darle un abrazo de los largos y el de llevármela aparte y decirle cuatro cosas. Como no soy su madre ni su amiga ni su colega ni me toca nada, no he hecho ni una cosa ni otra. Pero como, en el fondo, me toca todo como persona, como congénere y como ciudadana de un país donde todavía se insulta a las denunciantes de acoso sexual desde la mismísima sede de un partido político, me tomo la libertad de ponerme al teclado y dedicarle mi particular bagatela Para Elisa. Mouliaá, hermana, yo sí la creo. Creo que se sintió acosada, invadida y violentada sexualmente por el político Íñigo Errejón aquella noche de fiesta a la que usted fue y de la que se fue cuando quiso. Estoy segura de que guardó dolorosamente aquella violencia sentida en su conciencia como gusano atrapado en ámbar y que siguió con su vida como pudo. No dudo de que, apelada en lo más hondo cuando trascendieron otros presuntos abusos de Errejón y él mismo no los negó y dimitió de todos sus cargos, usted decidiera, valientemente, dar un paso al frente y denunciarlo, por usted y por todas sus compañeras. De verdad que me creo todo eso y, a la vez, también creo que sus erráticas idas y venidas en este proceso no le hacen bien a ninguna víctima. La primera, a usted misma.
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