Los partidos políticos tienen aparatos y tienen bases, pero tienen, además, un tercer estrato intermedio que no suele mencionarse. Tienen clientelas. La clientela es un sujeto colectivo a caballo entre el aparato y la base. A diferencia del militante o simpatizante, el cliente obtiene beneficios personales, privados, de su vinculación al partido. A diferencia del aparato, no detenta las riendas, no tiene el poder, no reparte las cartas, sino que solo las pide. Esto vale, por supuesto, para los partidos dinásticos. Ellos tienen aparatos fastuosos, bases millonarias y clientelas elefantiásicas. Pero las formaciones pequeñas también tienen todo eso a su escala, a la que sea. Un partido que puede obtener un concejal es un partido que puede obtener dinero y cartas que repartir y una vida que resolverle o facilitarle a un puñado de individuos (el edil, asesores, colaboradores del grupo municipal…) durante una legislatura. Se han visto tanganas inenarrables en organizaciones que iban a sacar un diputado y un concejal de urbe grande y solo consiguieron el diputado.
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