
A las 7.10 de este viernes, cuando apenas salía el sol en el municipio murciano de Jumilla (27.600 habitantes), dos jóvenes arrastraban unos cubos y unas fregonas y algo de sueño. Repartían chalecos amarillos para una veintena. Un hombre con túnica azul daba órdenes casi en susurro a la mayoría. Mientras, un puñado de policías esperaba junto a unas vallas a una multitud que no llegaba. Mercedes, la encargada de la piscina municipal, había tenido que abrir una hora antes de lo normal (a las seis). Mientras la mayoría del pueblo aún dormía y otros salían a trabajar, ajenos a este trajín, en un rincón improvisado de la localidad estaba casi todo listo para celebrar lo que hace siete meses parecía improbable. La manzana de la discordia que la ultraderecha había sembrado en Murcia: el rezo musulmán del fin del Ramadán.


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