León XIV visita la casa de Tarancón y Rouco

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En los últimos tiempos hemos querido impulsar el diálogo euromediterráneo e incluso aliar civilizaciones, pero a lo largo de la Historia, España no ha tenido un objetivo de política exterior perseguido con más tenacidad que el dogma de la Inmaculada Concepción. Era, sin duda, un propósito piadoso. Fernando III el Santo fue devoto de la Purísima. Su hijo Alfonso X le dedicó una cantiga. Carlos I tenía cuatro arneses con su imagen, y Felipe II una armadura. Cuando agonizaba sin descendencia, Carlos II, “triste residuo seminal de diversos Felipes”, todavía tuvo tiempo de enviar una embajada a París: el marqués de Castelldosrius dejó pasmado a Versalles con sus peticiones. ¿Qué podía querer con tantas prisas el rey de España del Rey Sol? Nada menos que la libre circulación de las obras de sor María Jesús de Ágreda y el apoyo para conseguir del Papa la declaración del dogma inmaculista. Por supuesto, en la maniobra no había solo piedad: influir en las decisiones del Vicario de Cristo era una victoria clamorosa en prestigio geopolítico. Y así, durante 40 pontífices, España iba a ser literalmente más papista que el Papa, instando a uno tras otro a la definición de un dogma que Tomás de Aquino, el teólogo perenne, no había terminado de ver claro. La flauta sonaría en 1854 con Pío IX: en memoria de ello, todavía hoy se alza una columna en mármol cipolino frente a la Embajada de España ante el Vaticano, y en Granada siguen horneando los piononos.

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