El Gobierno deja a medias su proyecto laicista tras ocho años de roces y pactos con los obispos

El martes hizo ocho años de una escena hasta entonces inédita. El 2 de junio de 2018, un presidente del Gobierno tomaba posesión del cargo sobre una mesa en la que por primera vez no había ni un solo símbolo religioso. Ni crucifijo, ni Biblia. Los obispos tenían motivos para la inquietud. Y no solo por aquel gesto de modernidad aconfesional. Nadie había llegado a La Moncloa con un catálogo tan grueso de objetivos laicistas. En los dos años anteriores, Pedro Sánchez se había comprometido a trabajar para hacer a la Iglesia pagar el IBI y autofinanciarse, sacar la Religión del horario escolar, suprimir la referencia a la institución católica de la Constitución y denunciar los acuerdos con el Vaticano.

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De izquierda a derecha, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello; el Defensor del Pueblo, Ángel Gabilondo; el ministro de Presidencia, Félix Bolaños; y el presidente de la Conferencia Española de Religiosos, Jesús Díaz Sariego, en la firma en marzo en Madrid del protocolo para indemnizar a víctimas de abusos sexuales en la Iglesia.

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