Las conspiraciones rara vez son ciertas. De hecho, ni siquiera quienes intentan difundirlas creen en ellas. Es improbable que Franco creyera sinceramente en la confabulación judeomasónica, y tampoco es plausible que Óscar López considerara que alguien en la Guardia Civil quisiera colocarle una bomba lapa al presidente Sánchez. Quienes exacerban la suspicacia sólo buscan inocular desconfianza, que es la antesala del miedo. Y cuando todos entramos en pánico, es mucho más sencillo activar mecanismos de control y dominio. Nada que los clásicos no supieran, por cierto.
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