Serían las cuatro de la madrugada cuando terminé de transcribir una entrevista que le había hecho unas horas antes al papa Francisco. Uno de sus asistentes había pedido que, como contempla el Libro de Estilo, le enviara una copia para que Jorge Mario Bergoglio la revisara antes de su publicación. Consciente de que ese trámite podía demorarse semanas o meses —al monseñor italiano en cuestión no le hacía ni puñetera gracia que la primera entrevista del papa argentino fuese a un periódico español e impío—, me salté el protocolo y le pedí al Pontífice si la podría revisar a la mañana siguiente. Con una sonrisa de picardía, contestó: “Será lo que Dios quiera”. Debió de querer, porque a las nueve de la mañana, sin disimular su mal humor, el monseñor me envió las correcciones. Aún conservo la sorpresa: las únicas tachaduras que Bergoglio había hecho de su puño y letra a sus propias declaraciones eran las de la palabra “yo”.
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