En la torre de control del aeropuerto de Jerez de la Frontera estaban acostumbrados ya a ver estacionado el avión Cessna 551 de Karl-Peter Griesemann. Este empresario alemán, especializado en vuelos privados y medicalizados, de 72 años, y su mujer, Julianne Griesemann, de 68, vivían a caballo entre una impresionante villa de la urbanización Atlanterra, en Tarifa (Cádiz), y Colonia, su ciudad de residencia en Alemania. El mediodía de este domingo, en el aeródromo jerezano, el hombre se puso a los mandos de su jet para viajar a Alemania, acompañado de su hija Lisa, de 27 años, y el novio de la joven, Paul Föllmer, un año menor. “Verles embarcar con sus perritos, los juguetes para sus nietos, despedirte con normalidad de ellos y luego enterarte de que eres una de las últimas personas que los ha visto es un palo enorme”, apunta uno de las personas que asistió a la familia horas antes de que sufrieran un fatal desenlace al caer su aeronave en el mar frente a las costas de Letonia, un accidente que está en investigación.
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