Terror inmobiliario

Viviendas en Madrid.

De El pisito, de Rafael Azcona, donde un joven se casa con una anciana para así heredar el piso de ella y poderse algún día instalar allí con su novia, hasta el desahucio de Maricarmen, perpetrado la semana pasada, se condensa la historia inmobiliaria de Madrid como género literario. Esta fue la aventura de nuestros padres y será la aventura de nuestros hijos: sobrevivir con dignidad a un entorno social áspero y desalmado. Las grandes ciudades son máquinas de fabricar soledades acompañadas. La otra mañana, la falta de imaginación moral de las sentencias de la Audiencia Provincial y del Supremo permitió arrancar de su casa a una mujer de 87 años y sacarla de allí en camilla tras toda una vida entre esas paredes. Hizo falta sumar varias dotaciones de antidisturbios, equipo médico de urgencia, helicópteros y brutales cargas contra la resistencia civil como si se afrontara la amenaza de un comando terrorista. El terrorismo inmobiliario tiene de su parte a la ley, mientras no se racionalice la legislación. La precariedad histórica en los últimos años ha aumentado con la venta de pisos de protección oficial a los fondos de capital y la festiva llegada de las grandes fortunas que, con el dinero extraído de sus naciones empobrecidas, compran a precios desorbitados los mejores espacios de la capital. A esto lo llamamos éxito. Imagínense lo que será el fracaso.

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