Cuando el sol empezó a emerger en Ceuta, en el amanecer del 30 de julio, los trabajadores del único cementerio musulmán de la ciudad vieron decenas de cabezas asomar en el agua mientras se preparaban para la jornada laboral. Porque el campo santo de Sidi Embarek, visitado por los Reyes este martes como homenaje a las víctimas mortales de la entrada masiva, tiene vistas al mar justo a pocos metros del paso fronterizo de El Tarajal, por donde accedieron unas 80.000 personas. Las obras de ampliación ya previstas en el cementerio se aceleraron entonces para albergar las tumbas sin nombre de 90 fallecidos de la avalancha. A los que se han sumado semanas después otros cinco migrantes muertos. El último, un hombre de origen subsahariano, sepultado bajo el número 5.523 a principios de mes, tras ser escupido por las aguas de la playa de Benítez. Y cuyos restos han sido relegados en solitario a un espacio apartado, de difícil acceso. Pues nadie visita a esos muertos ni acude a su entierro. Junto al cadáver del ahogado se suceden más cavidades vacías destinadas específicamente para migrantes. En el campo santo ceutí están seguros de que serán ocupadas.




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