En el frente de la ciudad, según el último parte de guerra, se va enquistando la batalla que destruye la sociedad urbana. Esta semana, calle Tarragona de Barcelona, número 84-90. En los bajos, una logia, pero no es un contubernio. Así se llama la tienda de tatuajes que los elimina con láser o los pinta en la piel y el cliente puede pagar dichos servicios “¡en cómodas cuotas de 3 a 12 meses!”. El portero automático del edificio es una frontera distópica donde se confunden las eras. Contrasta su modernidad digital con la portería de los días desarrollistas y los pinchos en el marco de la puerta para que no se caguen las palomas. Una antigua vecina explica que algunos conserjes se prejubilaron, al mayor lo despidieron y ahora la propiedad ha externalizado el servicio. Ni llave necesitas. Para llamar al piso, un código. A media mañana ventanas abiertas de par en par. No es por el calor. Son nubes de polvo. Cuando acaben con uno, seguirán con otro que ahora tiene la puerta tapiada porque esta fiesta no termina. Cada cinco minutos el tipo de la carretilla amarilla vacía sacos y más sacos de baldosas rotas en el contenedor de residuos de la construcción. Obras por todo el bloque para convertir lo que eran pisos de alquiler, cada vez menos, en pisos turísticos.
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