Reconozco que arriesgar y dejar un trabajo bueno pero monótono o una vida previsible para hacer la maleta o la mochila, coger carretera y manta y cambiarla por otra más incierta, pero llena de esperanzas, no es fácil. Y entiendo el miedo a ese precipicio emocional al que nos hemos asomado todos los que un día decidimos dar un glpe de timón a nuestras vidas. Pero merece la pena intentarlo. No conozco a nadie —y en este mundillo de los viajeros hay muchos casos como el mío— que se haya arrepentido ni un minuto de haber tomado esa decisión.
Sé el primero en comentar en «Vivir viajando, un sueño posible»