Imagínate que estás con los trámites para obtener la nacionalidad española, que has esperado los 10 años de residencia ininterrumpida y demostrada mediante registro en el padrón, que has conseguido la preciada cita en el registro pagando tu buen dinerito al abogado especializado en el tema, que has reunido todos los documentos que te exigen y no te ha caducado ninguno mientras esperabas que llegara otro, que has pasado el test de cultura española que no pasan muchos diputados del Congreso, que has hecho todo esto y estás todos los días pendiente de la carta que, ¡por fin!, va a abrirte las puertas a la condición de ciudadano normal, uno más, sin nada menos, uno que ya no es extranjero, temporal, alguien que está de paso. Y olvidarte del kafkiano proceso. Imagínate que eres ese Ulises de la burocracia que ha superado todas las pruebas y cuando estás a punto de llegar a Ítaca ves que otro salta veloz a la orilla sin tener que pasar por todo lo que tú has pasado, arribando ligero a la anhelada isla de la ciudadanía plena. No le envidias; es que no entiendes que las normas no sean iguales para todos. El último de estos agraciados lo ha sido por bendición del mismísimo presidente del Gobierno y se llama Ilia Topuria. ¿El importante mérito que ha rescatado su expediente de debajo del montón de carpetas? Darse de puñetazos con otros hombres y ganar peleas, ir a El Hormiguero, pedir allí la nacionalidad y que el presidente escuche y atienda su demanda.
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