Una de las virtudes de la democracia es que los líderes se agotan. Y otra es que podemos contemplarlo. En general, lo deciden los votantes, pero no es el único factor en juego. A veces, ellos solos entran en autocombustión cual estufas viejas, como le ha ocurrido a Pablo Iglesias, que quiso saltar de vicepresidente a freno del fascismo en Madrid y que ha acabado abriendo un bar en Lavapiés. A veces, otros les empujan un poquito, como le pasó a Cristina Cifuentes cuando alguien divulgó el robo de cremas faciales en un Eroski cercano. Así se escribe la historia.
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