No se entiende muy bien cómo el BBVA ha elegido este momento precisamente para anunciar su opa hostil contra el Sabadell, en plena campaña de las elecciones catalanas. La reacción ha sido la previsible, todo el mundo se ha posicionado en contra, empezando por el Gobierno y la Generalitat, y abarcando a todas las fuerzas políticas sin excepción. Lo más interesante de todo, sin embargo, es que saca a la luz —o vuelve a recordarnos— cómo la lógica de la economía no se deja atrapar fácilmente por identidades particularistas. O, si lo prefieren, que el mundo de la economía no atiende a más razones que las propias de este subsistema, no tiene un corazón patriótico. Prueba de ello es que a la UE esta operación le parece de perlas. Y ella es el regulador en última instancia. Un regulador frío y calculador, muy alejado de los humores y transpiraciones que suelen hacer acto de presencia en unas elecciones como estas, tan cargadas de particularismo.
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