Una mujer recorre el andén de la estación de tren de Toronto con la foto de su hijo. “¿Le conoces?”, pregunta a los brigadistas canadienses que ese día regresan, derrotados, pero vivos, de la Guerra Civil española. “Mi abuela”, explica Andrew Johnson, “vivió hasta los 101 años, y lo lloró toda su vida”. Arthur Selim Johnson había muerto en Cataluña, en julio de 1938, apenas cinco meses después de llegar a España para combatir. Formaba parte del grupo de 35.000 voluntarios procedentes de 55 países que, convencidos de que la lucha contra el fascismo era una causa común, decidieron unirse a las llamadas Brigadas Internacionales. El departamento de Memoria Democrática de la Generalitat de Cataluña custodia ahora una muestra de ADN de su sobrino por si localizasen la fosa en la que fue enterrado. “Estoy muy agradecido al Gobierno catalán porque gracias al trabajo del historiador Jordi Martí he podido saber mucho más de los últimos movimientos de mi tío y responder a preguntas que me he hecho toda la vida”, explica Johnson al teléfono desde Toronto.
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