España debe de ser uno de los países donde se dan más golpes de Estado. Durante el proceso de tramitación de la ley de amnistía se organizaron manifestaciones acusando al presidente del Gobierno de estar dando uno para mantenerse en el poder. Un grupo de veteranos de las Fuerzas Armadas fue innovador y en un manifiesto sugirió que había llegado el momento de dar un golpe. “Ninguna tolerancia frente al golpe de Estado”, afirmó el ponderado presidente de Vox (no se refería al de los militares). Tampoco le pareció mal al líder de la oposición usar esa retórica alarmadora: la democracia española habría sufrido el golpe de 1981, el continuado de ETA, el de 2017 independentista y el último en virtud del acuerdo de Pedro Sánchez con los soberanistas catalanes porque suponía un desafío a los valores de la Constitución. La presidenta de la Comunidad de Madrid, que en su día ya acusó a Sánchez de preparar un golpe para acabar con la Monarquía e instaurar una república, nos resituó en este estado de excepción constitucional permanente al decir en la tribuna del Senado que la amnistía, sí, era un golpe a la democracia.
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