En ocasiones, las noticias se leen mejor en las caras, en el aspecto de sus protagonistas, y el de Salvador Illa el jueves temprano al entrar en el Parlament con semblante taciturno, pálido y hasta nervioso es el narrador de esta historia. Nadie, ni siquiera él, daba un duro en ese momento por su investidura en tiempo y forma mientras Carles Puigdemont estuviera suelto en Barcelona. Pero él debía estar ahí. Su discurso, listo en su mochila. Su tono, aclarado. Su traje, adusto. Por si se daba la ocasión.
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