No era todavía la medianoche. Noemí Burriel, que se había quedado en la fábrica esperando a que su novio la recogiera, trataba de salvar lo que podía en los escaparates más altos de la estantería. A oscuras, con la linterna del móvil y el agua casi por la cintura, movía de un lado para otro las cajas llenas de abanicos, varillajes y todo el producto en el que habían venido trabajando durante las últimas semanas. Agarraba lo que podía y lo subía a la planta de arriba, pero cuando bajaba de nuevo todo lo que veía eran las cajas y la materia prima flotando en todo el lugar, con las máquinas con el agua por la mitad. Finalmente se resguardó en la segunda planta y esperó el amanecer. Así pasó toda la noche del martes al miércoles, cuando la dana se cebó con la provincia de Valencia y convirtió a Aldaia, una localidad de 31.000 habitantes donde está situada la fábrica, en una riada de coches arrasados y domicilios inundados.

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