Cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, lleva desdibujada demasiado tiempo, necesita como los yonquis un chute fuerte de adrenalina para volver a la escena pública, atraer la atención, suscitar respuestas en catarata en Twitter o empujar artículos como este mismo. No es magia, es cálculo; y no importa demasiado la causa que haya motivado su invisibilización mediática y de redes durante un tiempo porque acabará saltando a la yugular del hecho que sea para recuperar la atención perdida durante días o semanas. Puede ser una dana salvaje e inédita en nuestra historia, con más de dos centenares de muertos y unas pérdidas materiales, emocionales y económicas incalculables; puede ser la elección de un socio moral como Trump o puede ser cualquier otro pretexto útil, tenga la magnitud trágica que tenga. Pero ella acabará apareciendo para rentabilizar políticamente desde el agrio subsuelo de la subpolítica la situación. Y a ella, o a ella y a MÁR, es decir, su jefe de gabinete Miguel Ángel Rodríguez, por fin se les ha ocurrido cómo hacerlo esta vez para que la sardina siga pegada a su ascua hasta putrefactarse: la culpa vuelve a ser de Pedro Sánchez, de los catalanes y, sobre todo, de ese porcentaje minoritario de catalanes que siguen un criterio necolonial de apropiación de Valencia, las Baleares y otros ámbitos de uso de la lengua catalana.
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