Arfang Sarr, de 39 años, se levanta temprano para pescar calamares. Es un trabajo duro que apenas le da para mantener a su familia, pero en este recóndito pueblo de Falia rodeado de mar hay poco más. En el aire flota ya la pesadez del calor húmedo, pero eso no impide que su mujer, Rokhia Ndong, siga las huellas marcadas en el camino de arena que lleva hasta el pozo con la pequeña Lala a la espalda. Su esperanza de una vida mejor reside a 1.500 kilómetros de distancia y se llama Ibrahima (nombre ficticio), el hijo de 15 años que hace cuatro meses se subió a un cayuco y que hoy vive en un centro de menores de Gran Canaria. En España, los casi 6.000 menores acogidos en Canarias son el centro de un debate social y político; en los pueblos de Senegal, son el futuro.
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