La sucesión del papa

Aún estábamos superando la tremebunda sobreexposición de los medios públicos a las rutinas religiosas de la Semana Santa cuando llegó la noticia de la muerte del papa Francisco. Su agotamiento vital le concedió un último aliento para dictar la bendición Urbi et orbi y recibir al vicepresidente de los Estados Unidos. El ultra J. D. Vance pudo estrechar la mano del Santo Padre y catar su cordialidad, pero minutos después se tuvo que tragar el sapo de un discurso papal en el que se insistía en los deberes cristianos de respetar la dignidad de los inmigrantes, reprimir el belicismo y condenar la masacre de civiles que se padece en Gaza. Pese al cinismo generalizado que conlleva siempre una muerte oficial, ha sido el Gobierno israelí el que ha vuelto a poner una cota absurda de intolerancia, al retirar sus condolencias por la muerte del Papa por verse importunado por su dedo señalador. Es curioso, porque hasta ahora no ha dicho una sola palabra en contra de los saludos nazis que han dispensado a diestro y siniestro los colaboradores del nuevo Gobierno norteamericano. Será que su afinidad con la ultraderecha xenófoba europea está reescribiendo la agenda del Gobierno israelí. Todo es oportunismo hoy en día.

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