En cinco segundos colapsó España. En ese instante del 28 de abril a las 12.32, se esfumaron —todavía no se sabe cómo— 15 gigavatios, el equivalente al 60% de la energía que se estaba consumiendo en todo el país. Eso repiten estos días las autoridades sin que la mayoría entienda aún la dimensión de la catástrofe. Y mientras todo eso pasaba, sucedieron también otras cosas extraordinarias. En cinco segundos un maquinista paró un tren tirando de freno neumático y se pararon también las máquinas que conectaban a la vida a un bebé prematuro que pesaba solo 700 gramos. Un controlador aéreo dejó de ver los aviones que sobrevolaban Andalucía; una neurocirujana operaba en calma una fractura cervical y un funcionario de prisiones entraba a ciegas en un módulo con 130 presos sin una cámara de vigilancia. Hubo quienes se quedaron encerrados horas en ascensores o trenes, pero también muchos que no tuvieron otra opción más que mantener la mente fría y hacer su trabajo. No tenían elección: de esa reacción primera dependía la vida de alguien más. En cinco segundos, todo se paró. Ellos no.
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